domingo, 22 de diciembre de 2013

For sentimental reasons



Llegué al cine Brasil a las cuatro de la tarde pero estaba cerrado, y con eso quiero decir que una reja bloqueaba el paso hacia la antesala y la boletería. En ninguna parte había nada que dijera el horario. ¿Abría a las cinco? ¿A las seis? O sea: ¿cuánto tiempo tendría que esperar? Ciertamente las cuatro parecía ser muy temprano como para que un cine porno estuviera abierto,  pero es que mi plan era ir lo más temprano posible; me daba miedo ir más tarde, o peor aún de noche, por lo ocurrido aquella vez con Leonardo (el mayor de mis amigos del barrio): él había ido de noche y casi lo violan. Bueno, tal vez no, pero igual; que a media película se siente un extraño a tu lado y te susurre al oído “te pago veinte lucas si me dejas chupártela en el baño” es para poner nervioso a cualquiera. “Ya, pero ve tu primero y luego te alcanzo” le dijo Leonardo sólo para ganar tiempo: cuando vio al extraño salir de la sala rumbo al baño, esperó unos segundos y luego salió disparado del cine para no regresar jamás. ¿Cuántos años tendríamos entonces? Creo que Leonardo dieciocho y yo catorce. Ahora yo tenía dieciocho años recién cumplidos y, lo más importante, ya contaba con DNI. Me lo habían dado unos días atrás pero aún me faltaba “estrenarlo”, o sea, usarlo para poder entrar a un sitio para mayores de edad. Mientras pensaba en dónde podría ser me acordé del día que me dieron mis primeros lentes, cuando tenía siete años. Salía, acompañado por mi mamá, del Centro Oftalmológico Mendiola con los lentes puestos y no dejaba de ver a todos lados asombrado por la claridad con la que ahora veía las cosas. Entonces lo vi: “SOLO PARA ADULTOS” estaba escrito con letras mayúsculas, grandes y rojas en la marquesina del cine Brasil, ahí al frente nomás, cruzando la avenida del mismo nombre. Me emocionó descubrir que ese cine, a donde me habían llevado a ver películas como “Cazafantasmas 2” y “Querida, encogí a los niños”, se había convertido, ni idea desde cuándo, en un sitio donde sólo pasaran “películas de calatas” (así les decía mi mamá), a donde un adulto pudiera ir a verlas cuando quisiera. Y yo a esa edad ya me moría de ganas por empezar a ver ese tipo de películas; las pocas calatas que había visto hasta ese momento habían sido las de la revista “Caretas”. Pero once años después parecía innecesario ir a un lugar como ese luego de las pornos que había visto y que podía seguir viendo gracias a los videos que nos prestábamos entre patas. En otras palabras, no vería nada nuevo en sí; si al menos aún hubieran estado vigentes sus shows de striptease (que según Leonardo eran malos para el hígado porque las chicas que salían eran pura grasa) eso sí habría sido algo nuevo. Aun así escogí al cine Brasil por la nostalgia del recuerdo de aquel día, por aquella emoción, por aquella excitación temprana e ingenua, en fin, como la canción de Nat King Cole, for sentimental reasons. Lamentablemente estaba cerrado y, como siempre he sido más impaciente que sentimental, decidí probar en el otro cine de Magdalena: el Broadway, que poco después del Brasil se convirtió también en un cine porno. Además estaba casi seguro que a esas horas había sido aquel intento mío, a los quince años, de entrar a ese cine. Aquella vez estaba tan arrecho que no pensé con claridad. Pasé a la antesala y fui hacia la boletería (su ventanilla estaba incrustada en la pared izquierda de la antesala, visto desde fuera) creyendo que mis cuatro pelos en la cara engañarían al boletero sobre mi edad y que no me pediría documentos. Con la boca bien cerrada (por temor a que me delatara mi voz) le di al boletero los tres soles cincuenta que, según la marquesina del cine, costaba la entrada. Él, un tío cincuentón, completamente aburrido,  me miró, tomó la plata y me dio un boleto sin decirme nada. ¡Victoria! Quise celebrarlo pero me aguanté; me sentí especialmente bien porque todo indicaba que, en efecto, no tenía la pinta de un chibolo. Caminé a la puerta de la sala donde en un taburete estaba sentado un viejo alto, flaco y barbón, de unos cien años, mínimo. Le entregué el boleto, o mejor dicho, hice el gesto de dárselo, porque él no me lo recibió; en vez de eso, muy serio, me señaló un papel que estaba pegado en la puerta. Había algo escrito en ese papel pero tuve que acercar mi cara para poder leerlo bien. Y todo se fue al caño: “MOSTRAR DNI ANTES DE ENTRAR”, decía. Le acerqué otra vez el boleto y lo miré como suplicándole, pero él me volvió a señalar el papel. Ya qué iba a hacer más que regresar a la boletería a que me devolvieran el dinero. Aunque cuando estuve al frente del boletero me di cuenta de que no tenía una buena excusa para justificarme; pensé en ese momento que mejor hubiera sido simplemente haberme marchado del cine. Entonces, dándole el boleto, le dije: “No tengo DNI”, casi sin percatarme de mis palabras. Él no se molestó ni nada parecido; tan aburrido como antes me devolvió los tres soles cincuenta. Y me fui. Ahora, luego de haber caminado por la avenida las ocho cuadras de distancia entre ambos cines, estaba de vuelta y parecía que mi sospecha era cierta porque no había rejas: se podía pasar a la antesala, e incluso ahí ya se encontraba, casi recostado sobre una silla, el guardián de la puerta de la sala: un hombre obeso y definitivamente mucho menor que el viejo aquel, quien de seguro ya debería de estar muerto. Pero la boletería estaba cerrada. Le iba a preguntar a ese hombre al respecto pero él se me adelantó. Me dijo: “ya viene el boletero. La función empieza en quince minutos”. ¿Espero o regreso al cine Brasil? Me puse a pensar en ello cuando, a los segundos, el hombre obeso me volvió a hablar: “la entrada está cuatro soles…”, hizo una pausa, vio a su alrededor, se inclinó hacia mí y, bajando un poco la voz, siguió: “… pero si me das dos soles ahora, choche, te dejo entrar de frente”. No supe qué decirle. Él continuó: “el boletero es el dueño. Ahorita viene. Cuando venga le digo que eres mi sobrino, y normal, pasas”. Le pregunté desconfiado por qué quería ayudarme y me respondió: “lo que pasa es que el dueño es un hijo de puta: no me da ni para el pasaje”. Me convenció su respuesta, en especial por la manera tan rencorosa de decirla. Le di los dos soles. Al minuto llegó el “hijo de puta” que resultó ser el mismo boletero de hacía tres años. El hombre obeso le dijo lo planeado, y el dueño, siempre aburrido, siempre apático, asintió. Finalmente… pensé, mientras el hombre obeso me abría la puerta, finalmente… y ahí quedaron mis pensamientos, porque al entrar sentí, como un golpe en la cara, un olor mezcla de humedad, guardado y no sé qué más. Escuché la puerta cerrarse detrás de mí y empecé a avanzar lentamente observando todo a mi alrededor. La parte baja estaba dividida en tres bloques de butacas separados por dos pasadizos. El bloque central tenia filas como para diez personas, los laterales sólo filas de cuatro; en total, unas doscientas butacas más o menos, sin contar las de la parte alta (¿cómo se llegaba a la parte alta?). Yo bajaba por el pasadizo de la izquierda. Tenía muy presente la recomendación de Leonardo luego de su “traumática” experiencia: nunca sentarse al fondo; adelante y cerca de uno de los pasadizos era lo más seguro. Así que me senté en la tercera fila del bloque central, al lado del pasadizo izquierdo. Continué observando: la pintura descascarándose por todas partes, el techo (muy alto) en ruinas, manchones de humedad en las paredes, la parte metálica de las butacas completamente oxidadas (y las partes acolchonadas rotas, con la espuma saliéndose), la pantalla llena de huecos, el piso sucio... era  deprimente: cómo un sitio así seguía operativo, me pregunté, cuando daba la sensación de que en cualquier momento podía venirse abajo. Ahí me habían llevado de niño a ver “¿Quién engañó a Roger Rabbit?” y lo que recordaba era un cine majestuoso, que con sólo verlo desde fuera infundía respeto con su forma de templo. Recordaba su marquesina resplandeciendo en la noche y el título completo encima; recordaba los posters de la película en las vitrinas de la antesala y otros afiches por ahí… ahora qué quedaba: en la antesala ya ni vidrios había en la vitrinas, la fachada era más gris que verde (el color original), los focos de la marquesina no funcionaban, y ya ni alcanzaban las letras para el título; actualmente decía: “C NE PARA ADULT S”. (Por fuera, su mellizo, el cine Brasil, lucía igual, y de seguro por dentro era lo mismo.) Claro, tal vez mis recuerdos eran exagerados pero observando con cuidado uno detectaba cierto lujo a través de toda esa decadencia. Pero a pesar de toda esa decadencia decidí no marcharme. Entonces se apagaron las luces y empezó la película. Era una porno italiana sin subtítulos. Me causó gracia darme cuenta de esto porque quién reclamaría; a nadie le importa seguir los diálogos en una porno. Era una especie de adaptación de Tarzán pero a los quince minutos comprendí que lamentablemente no aparecería Chita. Poco a poco me fui olvidando del estado de la sala y de su mal olor, lo que al comienzo pensé iba a ser imposible y que por ello no podría excitarme; pero, para qué, Tarzán y Jane hacían bien su trabajo: por momentos lograban ponérmela realmente dura. Y cuando no, era porque me ponía a pensar en lo divertido que sería ver a un chimpancé saltando por ahí o apareciendo en los momentos más inoportunos. También me distraía a veces el idioma en sí: como jugando, trataba de reconocer y traducir algunas palabras o frases de los diálogos. Como sea, mis ojos estuvieron sobre la pantalla casi todo el tiempo; sólo desviaba mi mirada de rato a rato para ver, por seguridad, a mi alrededor: a lo mucho llegué a contar a unos diez hombres esparcidos en la sala (¿habría gente en la parte de arriba?) pero nadie cerca de mí. Así pasó poco más de una hora hasta que la porno italiana acabó. Creo que sus créditos no duraron ni diez segundos porque los cortaron rápido para poner otra película, ahora en inglés y subtitulada. Con una tenía suficiente así que tomé la decisión, ahora sí, de marcharme. Es cuando giro para ponerme de pie que veo a un hombre sentado en la primera fila del bloque izquierdo y a una cabeza (de otro hombre, lo más probable) moviéndose rápidamente de arriba hacia abajo y viceversa a la altura de la barriga del anterior. No había duda: era un tipo mamándosela a otro. Prácticamente corrí hasta la puerta de la sala. Hice girar la manija, empujé la puerta: nada. Lo intenté dos o tres veces más, pero lo mismo, no cedía. ¿Y el guardián? Pensé nervioso cuando de pronto siento a alguien a mi costado. Era un hombre. El hombre sujetó la manija y yo me quedé paralizado. La hizo girar y abrió la puerta diciéndome: “hay que jalar hacia adentro”. “Gracias” le dije sintiendo un gran alivio pero entonces me dijo: “¿por veinte lucas no me la quieres jalar un ratito, chibolo?”. Ahora sí salí corriendo de verdad. A la carrera vi que la silla de mi supuesto tío estaba vacía y que el boletero, dueño hijo de puta, seguía detrás de la ventanilla. A las tres cuadras  me detuve en una esquina de la avenida Brasil. Me puse a revisar que no se me hubiera caído nada, en especial la billetera. La sentí en uno de los bolsillos de mi pantalón. Y me acordé de él. Saqué la billetera, la abrí, y al verlo ahí fue como si recién descubriera su existencia: mi DNI, aún sin estrenar.

***

domingo, 13 de octubre de 2013

Cubana

Su piel era blanca como una hoja de papel. Su cabello era negro, lacio y largo. Y sus ojos, verdes. Pero qué importaba todo eso, se decía Antonia así misma, cuando alguien al verla, por primera vez, lo primero que notaría sería su estatura y su peso: aproximadamente, “al ojo”, un metro sesenta y noventa kilos respectivamente. En especial los chicos; quienes, pensaba, en el mejor de los casos simplemente se apartarían de ella, porque a qué chico le gustaría andar con una chica así; y en el peor se burlarían, lo que pasaba seguido, creía, porque siempre que se percataba que había cerca un chico riéndose, Antonia estaba segura de que aquel se estaba riendo de ella.
Pero hubo uno que no se apartó y que no se burló; todo lo contrario: quiso conocerla, empezar a salir con ella y conocerla más. Y lo hizo, con excelentes resultados para los dos. Antonia, quien a sus 23 años había perdido toda esperanza de tener enamorado alguna vez, ahora tenía uno: un hombre de 30 años, coincidentemente de ascendencia polaca como ella, de metro ochenta, rubio y delgado. Fueron completamente felices los seis primeros meses, incluso ella perdió su virginidad con él en ese tiempo. Pero luego, un día, Antonia recibió y leyó un mail anónimo que le advertía que su enamorado la estaba engañando con otra. Antonia no supo qué hacer en ese momento, así que se puso a pensarlo bien. Con los minutos, el impacto inicial se le fue pasando a la vez que se fue convenciendo de algo, de que, sin importar cómo, quería seguir siendo feliz. Finalmente decidió ignorar, ahora y a futuro (y en efecto, le llegarían más mails parecidos en el futuro), todo lo que tenga que ver con ese asunto. Hasta que él mismo se lo confesó, por voluntad propia y al mes de haber cumplido un año juntos: estaba saliendo en paralelo con otra chica. Con ese anuncio él rompió con ella, pero, como si Antonia no hubiera escuchado suficiente, él le aclaró que aún la deseaba mucho y le propuso seguir “viéndose” de vez en cuando. Empezaron a discutir: ella, indignada, a increparle su descaro, y él a repetirle que debería pensarlo al menos; pero al poco rato ella no soportaría más esa discusión y se marcharía abruptamente, sin despedirse. En los días siguientes Antonia lo odió tanto que no tuvo tiempo de sentirse triste ni de llorar… Pero se odió mucho más así misma cuando, a la semana del rompimiento, le escribió a su teléfono “Está bien. Tú ganas. ¿Ahora qué?”. Así empezaron a verse en secreto sólo para tener sexo y nada más que eso, y seguirían haciéndolo por ocho meses más; entonces él, sin previo aviso o razón aparente alguna, simplemente dejó de comunicarse con ella y desapareció de su vida.
Poco después, Antonia, sintiendo un gran rencor por los hombres, empezó a entrar a chats con el único afán de molestar a los hombres de la sala: los insultaba, les expresaba su desprecio, les buscaba “pelea” y sí que las conseguía. Fue así como la conocí. Apenas entré un día a una sala de chat, una chica me dice “hola”, le digo “hola” también, y de inmediato me empieza a insultar. No respondí a sus ataques no por buena gente sino por falta de rapidez mental. Sólo atiné a tratar de averiguar cuál era su problema (que en ese momento creía era sólo conmigo), y no sé si fue por mis palabras o por mi actitud, pero ella se fue calmando y nuestra conversación tornándose más normal. Aquella vez conversamos como dos horas y al terminar yo ya sabía sobre ella cosas como que tenía 25 años, que era graduada universitaria con honores, y que tenía un trabajo de oficina que me dijo era como el de una secretaria pero más importante. Luego me contaría que trabajaba rodeada de puros hombres, unos quince más o menos, mientras que, aparte de ella, sólo había tres chicas. Curiosamente era una de ellas, aunque en general no se llevaba ni bien ni mal con sus compañeros de trabajo, la que peor le caía de todos, por ser una coqueta y vanidosa con “pinta de vedette”.
Y la primera vez que Antonia me escribiera sobre suicidarse sería justamente por esa chica.
Desde que empezamos a chatear, Antonia, siempre que me escribía sobre los hombres, lo hacía expresándose furiosamente mal de ellos; hasta que un día apareció la excepción a toda esa furia: el chico nuevo del banco al que ella iba seguido por cuestiones de trabajo: un chico alto, atlético, de piel rosada, ojos y cabello negros, con corte militar. De él me diría cosas como que era muy lindo, que estaba muy bueno, que se lo comería con todo y zapatos (aclarándome esto último, entre jajajas, que no lo decía literalmente), pero también me diría varias veces que era imposible que un chico así de guapo se fijara en alguien como ella. El chico trabajaba en ventanilla. Era amable atendiendo a las personas pero no hablaba más de lo necesario, por eso Antonia creyó que se trataba de un chico tímido. Lo que no era cierto: un día, de regreso del banco, la chica coqueta con pinta de vedette le contó emocionada a todo el mundo en la oficina que había sido atendida en ventanilla por un chico que no sólo era guapísimo sino también hablador y coqueto, y que habían quedado en salir el fin de semana. Lo describió físicamente y de inmediato Antonia confirmó su temor: era el chico nuevo. En la noche, cuando me lo contó, estaba terriblemente mal, me dijo que ya no aguantaba más este mundo, y que se iba a matar. ¿Hablaba en serio o lo decía por decir? Como sea, muy nervioso, traté de tranquilizarla lo más posible y afortunadamente lo conseguí. Pero vendrían más amenazas de suicidios (por varias razones) en los días y semanas siguientes, tantas que ella amenazando y yo haciendo que desista terminó convirtiéndose en rutina. Ya no me asustaba cuando ella empezaba con lo suyo porque sabía que en menos de cinco minutos, repitiéndole más o menos lo mismo de siempre, ella cambiaría de opinión. Pero un sábado parecía que absolutamente nada de lo que yo le dijera la haría desistir. Estaba muy deprimida porque los sábados paraba en casa aburrida: nadie la invitaba a salir; tenía pocos amigos, ninguno hombre, y todas sus amigas mujeres tenían enamorado. Finalmente sólo pude calmarla invitándola a tomar un café. Dos horas después nos encontramos en el parque Kennedy, en Miraflores.
Sólo había visto una foto de ella donde salía muy seria y con una mirada que realmente daba miedo. En el parque, en efecto, era la misma chica de la foto; ninguna sorpresa hasta ahí, salvo por una: llegó con una sonrisa angelical de oreja a oreja. ¿Era la misma chica depresiva y furiosa con la que había venido hablando en los últimos dos meses? Y dudé más cuando empezamos a conversar, por lo alegre de su forma de ser. Pero conforme la conversación avanzaba, la Antonia que conocía del chat poco a poco fue apareciendo, aunque con cambios de ánimo repentinos. En un momento, muy frustrada, me habló sobre que los chicos le huían.
-Pero llegaste a tener un enamorado.- le dije -Alguien que estuvo detrás de ti.
-Bah- me dijo Antonia –eso fue por puro fetichismo, nada más.
¿Qué quieres decir?- pregunté.
-Esto: mis tetas- Y sacó pecho como quien dice “mira”. Era invierno, estaba con una chompa encima pero aun así se podía notar que tenía unos senos muy grandes.
-¿O sea sólo le gustabas por tus senos?- dije –Imposible: ¿un hombre al que le gusten las tetas grandes? No puede ser- dije irónico.
-Ya, ya, no te burles.- dijo ella –Lo que quiero decir es que a él le gustaban más de lo normal. Cuando teníamos sexo me penetraba un rato nomás; el resto del tiempo lo único que quería era hacer rusas.
Yo sabía lo que era una “rusa” pero, por puro morbo, me hice el desentendido y le pedí que me lo explicara. Ella se negó al inicio pero luego de mucho insistirle finalmente perdió la paciencia:
-O sea que él ponía su pene entre mis tetas y se masturbaba entre ellas, ¿entiendes?- dijo y me vio con la mirada asesina de la foto.  Asustado, dije sin pensar:
-Cubana.
-¿Qué?- dijo Antonia.
-También se le dice “cubana” a esa pose.
Se quedó callada. Hizo un gesto como quien dice “¿y qué importa ahora cómo se llame esa pose?”, le dio un sorbo a su café y dijo:
-Para colmo el desgraciado la tenía chiquita- y empezó a carcajearse feliz. Me reí con ella sólo porque ella lo hacía.
Al rato Antonia sacó su celular.
-Ay- se quejó –un mensaje de ese chico otra vez.
-¿Cuál chico?- pregunté.
-Uno del trabajo. Uno que está loquito por mí desde hace tiempo- dijo.
-¡Espera!- le dije extraordinariamente sorprendido –¿No dejas de quejarte de que no le gustas a ningún hombre y de pronto me dices que desde hace tiempo hay un chico que se muere por ti? ¿Y de quien nunca me habías contado nada antes?
-Ah, bueno, disculpa, es que este chico no cuenta, pues- me dijo.
-¿Por qué?- le pregunté.
-Porque sólo es un serrano de mierda- dijo Antonia.

***

La última noche de ese año 2009, Antonia entró a salas de chats de España y de Inglaterra no con ánimo belicoso, sino para probar una teoría que se le había ocurrido mientras pensaba en sus propósitos para el año siguiente. Luego de congeniar con algunos españoles e ingleses, comprobó que su teoría era cierta: su problema no eran los hombres en general, sino el hombre peruano en particular. Tal vez los latinoamericanos lo serían también, por eso no se arriesgó y decidió que de ahora en adelante sólo se concentraría en europeos. Y le iría tan bien que, aparte de hacer nuevos amigos, conocería a un español caucásico y canoso de casi 50 años de quien se enamoraría, y por suerte para Antonia, él también de ella. No tardaron en conversar sobre planes a futuro y decidieron que para mediados del 2010 Antonia viajaría a España a vivir con él. Faltaban cuatro meses para ello y Antonia se propuso bajar de peso. Se metió al gimnasio, empezó una dieta, fue muy disciplinada en ambas cosas y una semana antes del viaje ya pesaba 15 kilos menos. Fui testigo de ese cambio paulatino sólo por las fotos que ella me mostraba por el chat de vez en cuando, porque en persona ya no nos volvimos a ver desde esa vez en Miraflores. Y luego de que Antonia viajara a España, feliz, a iniciar una nueva vida a lado de su “Viejito”,… bueno, sí: esta historia es de esas que terminan con una frase del tipo “… nunca más volví a saber de ella”.

***

NOTA:
Para más información, un link de wikipedia.

domingo, 23 de junio de 2013

La diferencia entre un técnico contable y un contador

Como no sé sus nombres les llamaré “Pablo” y “Ricardo”, donde Pablo es el chibolo (el de la voz delgada) y más o menos el protagonista de esta crónica. Más o menos porque, aunque es el que menos habla de los dos, el tema de la conversación gira en torno a él; y es que Pablo ha embarazado a su enamorada.
El papá de ella no lo sabe todavía pero pronto lo hará. Mientras tanto, Pablo trata de decidir qué cosas le va a decir cuando llegue el momento de hablar con él.
-Lo primero que de hecho te va a preguntar… - le dice Ricardo, quien es seguramente su amigo, y quien habla y suena como alguien mayor; como un adulto -… es cuáles son tus planes con respecto a su hija y al bebé.
-Yo quiero seguir con ella y hacerme cargo de mi hijo… o hija- dice Pablo.
-¿Seguir con mi hija?, ¿hacerte cargo de mi nieto?- dice Ricardo haciéndose pasar momentáneamente por el padre- pues entonces  vas a tener que demostrarme que vales la pena: ¡vas a tener que estudiar y trabajar!
-¿Estudiar? Estoy dispuesto a dejar la universidad y buscar un trabajo de tiempo completo.
-No pues, eso es una tontería. Uno: porque arruinarías tu futuro. Dos: porque para su papá lo más importante es que estudies a que trabajes.
-¿Por qué?
-Porque no va a dejar que su hija esté con un huevón cualquiera, pues. De seguro quiere tener como yerno a un profesional o a alguien que tenga la ambición de serlo. Lo del trabajo es sólo para ver que estás dispuesto a hacer sacrificios y esfuerzos para mantener a su hija y a su nieto; por más que no aportes mucho por ahora: tú me has dicho que a su familia le sobra la plata así que de hecho, por parte ellos, a ella y al bebé no les va a faltar nada. Pero igual su papá va a querer ver que al menos intentas ser un padre de familia que lleva dinero a su hogar. Después de todo embarazaste a su hija: tu vida no puede seguir siendo la de un chico de 18 años cualquiera, no te la vas a “llevar” fácil.
-Pero tampoco quiero depender de sus viejos. Si pudiera me la llevaría ahora mismo a vivir solos los dos; bueno los tres cuando nazca el bebé.
-Pero no puedes. Además ella es menor de edad.
-En dos meses cumple 18.
-¿Y? La única diferencia con respecto ahora es que los dos van a tener DNI. Igual no van a tener la plata para vivir solos o independientes.
-Por eso estaba pensando en dejar la universidad: mejor hacerlo ahora que estoy en primer ciclo; no hay mucha pérdida. Entonces me consigo un trabajo y empiezo a ahorrar, luego, a la vez, me pongo a estudiar alguna cerrara técnica, algo que dure tres años a lo mucho, saco mi diploma rápido, consigo un mejor trabajo, hago más plata…
-Eres un iluso. No sabes lo que hablas.
-Es que quiero empezar a ganar dinero ya.
-Estás pensando a corto plazo, y eso está mal: tienes que hacerlo a futuro. Estudiar una carrera universitaria puede ser lento pero a la larga es lo mejor.   
-Estudiar en la universidad tampoco me asegura que tendré un buen trabajo.
-Es cierto pero te da más posibilidades.
-Y hay carreras cortas que actualmente dan plata rápido.
-¿Ah sí? ¿Como cuáles?- dice Ricardo, incrédulo e irónico.
-Mmm no recuerdo bien sus nombres; son medio complicados. Es que no son las carreras típicas.
 -No pues… Lo que pasa es que hay institutos que se inventan carreras: les ponen nombres estrafalarios y las ofrecen diciendo que hay mucha demanda por ellas pero pocos profesionales. Y como son actividades específicas dentro de otros rubros (como alguna ingeniería, por ejemplo) te dicen que no tienes que estudiar ni cinco ni tres años, que basta con un año para que aprendas a hacer eso específico y ya puedas conseguir trabajo. Un pata mío cayó en ese cuento, y sabes de qué se tituló: de “Especialista en reparación y mantenimiento de smartphones, celulares y otros dispositivos móviles”. Te juro que eso es lo que decía su diploma. El mismo me lo mostró y ahora no le sirve ni para limpiarse el culo.
-Claro, tampoco soy tan huevón: obvio hay sitios que te quieren estafar. Pero por ejemplo el hermano de un pata: estudió en un instituto y ahora es técnico contable, y no le está yendo mal.
-¿Cuánto gana?
-No sé exactamente. Creo que 2000 soles o más.
-Te aseguro que no gana más de 2000 soles, y eso, con suerte. Te aseguro también que no está en planilla y que no recibe gratificaciones… O sea, si es un pata soltero que no tiene que mantener a nadie, bacán, es buena plata. ¿Pero crees que con 2000 soles vas a poder mantener a una familia: tener mujer, hijo, y dónde vivir?
-Mmm…
-¿Sabes cuál es la diferencia entre un técnico contable y un contador de verdad? ¿Entre alguien que estudio contabilidad en un instituto y otro que fue a la universidad? ¡El sueldo, por supuesto! Claro, un técnico contable tal vez pueda hacer la misma chamba, igual o mejor, que un contador, pero toda esa chamba no vale nada si finalmente el contador no pone su firma o su sello, y por sólo hacer eso el contador gana dos o tres veces más. 
-Pero ella trabajará también más adelante- dice Pablo refiriéndose a su enamorada.
-Claro: cuando termine la universidad o esté por terminarla, o sea de acá a unos 5 años, mínimo. ¿O quieres que abandone sus planes de ingresar a la universidad para estudiar en un instituto también?
-No, para nada, no quiero que sus planes se vean afectados.
-Es tarde para eso: va a ser mamá en 9 meses.
-Bueno, que eso le afecte lo menos posible.
-Además hay otra cosa: ¿qué te asegura que tú y ella van a permanecer juntos? Obvio, está el hijo que, lo quieran o no,  va a relacionarlos para siempre el uno con el otro; pero como pareja, sentimentalmente, ¿cómo sabes que eso va a durar?
-Puta, me cagas, no había pensado en eso. Pero es que ella y yo nos…
-¿Se quieren, se aman? ¿Y? Eso es ahora. Recuerda que siempre te ha preocupado que las diferencias económicas entre tú y ella los separen. Ahora ponte a pensar en esto: ella va a ingresar a una universidad cara, exclusiva, donde va a conocer gente de su mismo estatus económico, a hacer amigos, a andar con ellos… Ella puede ser ahora todo lo sencilla que quieras, pero la universidad siempre te cambia, ya sea mucho o poco, para bien o para mal. Y no digo que ella se vaya a convertir en una chica superficial, pero te aseguro que van a  haber momentos en los que chicos le ofrecerán cosas que tú no podrás; cosas que la harán dudar de con quien le conviene estar. Y no hablo necesariamente de regalitos caros, sino de estabilidad, porque nos guste o no, la plata te da estabilidad, y eso, para una mamá joven, cuenta.

Se quedan en silencio unos minutos hasta que Ricardo le avisa a Pablo que ya llegaron a su destino, que resulta ser el mío también (como el de otros pasajeros del bus). Antes de bajar, por la puerta de atrás, los puedo ver al fin (han estado sentados detrás de mí todo el trayecto), pero sus apariencias poco importan. Se marchan por un lado, y yo por otro.
*** 

domingo, 7 de abril de 2013

Este texto no se trata sobre los “Súper Campeones”



Roberto Sedinho era un ex jugador brasileño de fútbol, y ex estrella mundial, que había llegado al Japón para tratarse el problema a la vista (un golpe fuerte en la cabeza lo podría dejar ciego) que lo había obligado a retirarse del fútbol antes de tiempo; tenía treinta y tantos años. En Japón conoció un día de casualidad a Oliver Atom, un niño de unos doce años de edad, fanático del fútbol y con mucha habilidad con la pelota. Se hicieron amigos, pero más que eso, Roberto se convirtió en el mentor de Oliver. Roberto no sólo le enseñaría a Oliver sobre técnicas y estrategias, sino también sobre cómo ser un buen líder. Oliver era el capitán del equipo de fútbol de su colegio, el Niupi, un equipo con más ganas que talento, que necesitaba del liderazgo de Oliver para sacar todo su potencial; gracias a ello lograron clasificar al campeonato nacional escolar. Ese campeonato tenía una motivación especial para Oliver. Roberto ya tenía planeado regresar a su país luego de que culminara ese torneo, y Oliver le había hecho prometerle que de salir campeón, lo llevaría a Brasil para continuar ahí su formación como futbolista.     
El Niupi campeonó. Luego de las celebraciones y la entrega de medallas y trofeos, Oliver corrió hacia el público en busca de Roberto para agradecerle todo su apoyo. Roberto ya no estaba en su sitio. La mamá de Oliver le dijo a su hijo que Roberto se había marchado apenas terminó el partido, pero que le había dejado una carta. Oliver leyó la carta y no lo pudo creer. En ella Roberto le decía que había adelantado su viaje a Brasil y que lo disculpara por no cumplir con su promesa de llevarlo consigo, y se justificaba diciendo que era muy pronto para que él, Oliver, dejara a sus amigos y familia; que más bien debería quedarse y afianzarse como líder y guía de sus compañeros. Le prometió que más adelante volvería por él a llevárselo, ahora sí, a Brasil. Oliver, con lágrima en los ojos, cuando terminó de leer la carta, levantó la vista y vio un avión cruzar el cielo.  
Esta es básicamente la historia de la primera temporada del anime “Súper Campeones”. Pero este texto no se trata sobre los “Súper Campeones”, al menos no directamente.

***

Alberto y yo ya no sabíamos de qué más hablar. Ya nos habíamos puesto al tanto en todo lo que respecta a nuestras vidas desde la última vez que nos habíamos visto, dos años atrás, en una reunión con los amigos con quienes formamos en la facultad un grupo compacto de cuatro: Anthony, Abel, Alberto y yo. Ahora sólo éramos él y yo en esa cafetería, luego de cinco años desde que acabáramos la universidad. Mientras me decidía a pedir otro café o simplemente decirle lo mucho que había disfrutado volver a verlo, y despedirme, no sé cómo me acordé de ella:
-¿Y sabes algo de Ana?- le pregunté.
-¡¿Ana?! Verdad. No sabes…- me dijo Alberto.
-¿Qué pasó?
-Paolo se la levantó.

Paolo ingresó a la San Martín con nosotros, así que lo conocíamos desde el comienzo de la carrera. Ana, en cambio, apareció mágicamente de la nada el primer día de clases del cuarto ciclo. Bueno, no mágicamente: sólo podía tratarse de una alumna que había hecho su traslado desde otra universidad. Lo que sí fue mágico, por decirlo de alguna manera, fue el primer contacto que tuvimos con ella, cuando entró, tarde, al aula en el que teníamos nuestra primera clase de Análisis Matemático II. Algo le dijo al profesor, luego volteó, le dio un vistazo a los alumnos (nuestras aulas eran como pequeños teatros) y se nos quedó viendo por unos segundos. Entonces empezó a subir los escalones directamente hacia nosotros (estábamos al centro y el salón estaba medio vacío). A nosotros nos confundió y excitó su acercamiento, especialmente lo segundo; susurrando no dejábamos de decirnos: “pero qué rica está esta huevona”. Cuando estuvo cerca nos dijo, con una frescura alucinante:
-Ustedes parecen los más inteligentes… me sentaré con ustedes- y se sentó delante de nosotros.
Pero más que frescura, pronto descubriríamos que lo suyo era simple conchudez. Ana casi nunca prestaba atención en clases (llevábamos juntos casi todos los mismos cursos y horarios): paraba distraída haciendo dibujitos en sus cuadernos o leyendo solapadamente alguna revista. Y cuando prestaba atención no entendía nada, así que se la pasaba toda la clase haciéndonos preguntas. Terminaba la clase y se olvidaba de nosotros, salvo las veces que se aproximaba un examen y, sin invitación o consulta previa, se metía a la sala de estudio donde estuviéramos para que le enseñáramos; pero no un repaso profundo, sino un resumen rápido de una hora a lo mucho, para luego marcharse. Aunque también se acordaba de nosotros, o de cualquier conocido que encontrara por ahí, en sí,  cuando necesitaba plata, lo que era común. Nunca pedía más de un sol pero igual no pagaba sus deudas. Lo que también pedía prestado seguido era algún celular con saldo para hablar, decía ella, unos segundos, cuando en realidad lo hacía por unos cinco de minutos… Qué difícil era decirle que no a esas tetas.
Nos llamaba la atención su falta de dinero. Tenía la apariencia de ser alguien acomodada y además sabíamos que venía de una universidad cara, como lo es la USIL. Su familia no se había venido a menos como se pudiera pensar: ella vivía con ellos en la misma residencial de Alberto, una de las más exclusivas de Lima. El misterio se resolvió un día en el que estábamos en una de las salas de estudio, sin Ana presente. En un momento vimos a una mujer mayor, de unos 50 años más o menos, pasando por las salas de estudio, andando rápido y visiblemente molesta. La perdimos de vista sin darle mucha importancia. Minutos después apareció Ana muy preocupada. Entró en la sala (sin pedir permiso para variar) y nos dijo al momento de sentarse: “digan que he estado estudiando con ustedes”. Nos miramos confundidos, y justo antes de pedirle explicaciones, de pronto la mujer de antes ya estaba dentro también.
-¿Dónde estabas? ¿Te estaba buscando?- le dijo la mujer a Ana, casi gritándole.
-Mamá, he estado acá estudiando- respondió Ana.
-No seas mentirosa. Ya he pasado por acá y no estabas.
-Había ido al baño. Pero pregúntales: he estado con ellos estudiando desde hace rato- dijo Ana y nos miró como esperando que le diéramos la razón. Sorprendidos por lo que estaba pasando, no dijimos nada.
-Ya pedí tus notas a la coordinación académica, y están peores que en la USIL- dijo la mamá -Pensé que cambiándote de universidad cambiarías. Ni quitándote las propinas… Pero cuando llegue tu papá de viaje ya vas a ver.
-Mamá, no hagas escándalo.
La mamá se marchó y detrás de ella fue Ana.
Nos quedamos congelados unos segundos hasta que alguien, no recuerdo quien, preguntó qué carajos acababa de pasar. De las otras salas se escuchaban murmullos; seguramente eran los otros alumnos preguntándose lo mismo.
Como dije, Ana vivía en la misma residencial de Alberto. Incluso a veces él iba a la casa de ella a enseñarle, y no tenía problemas en quedarse hasta pasada la medianoche porque tranquilamente podía regresar caminando a su casa. Por todo eso, de los cuatro, era Alberto a quien Ana le tenía relativamente más confianza. Otro día estábamos en clase, ella había faltado, pero a la mitad apareció cerca de la puerta, desde fuera del aula. No entró. Se quedó ahí haciéndonos gestos, y pronto comprendimos que le estaba pidiendo a Alberto que saliera. Alberto lo hizo y no regresó hasta casi el final de la clase. Cuando terminó la clase nos contó qué había pasado. Ana estaba mal. Desde donde estábamos sentados no pudimos notarlo, pero Alberto se dio cuenta, apenas la vio al salir del aula, que estaba al borde del llanto. Todo el mundo estaba en clases en ese momento así que aprovecharon la soledad del pasadizo para conversar en privado. Ana le contó que tenía muchos problemas en casa y que se sentía culpable por ello. Sus padres no dejaban de discutir, muy preocupados por el futuro de ella, y ella sentía que nunca iba a cambiar. Reconocía que normalmente no le hacía caso a todo eso, pero ahora (el día anterior siendo más exactos) que el chico con el que salía había terminado con ella, estaba convencida que el karma estaba cobrándoselas todas. Se sentía más sola que nunca y se puso a llorar. Se abrazaron los dos. Alberto empezó a acariciarle la cabeza diciéndole que todo mejoraría, que podía contar su amistad, y más cosas así.
-Cuando se calmó un poco- nos dijo Alberto -alzó la mirada y me vio directamente a los ojos. Y nos quedamos viéndonos por un rato, sin decirnos nada. Hasta que me dijo “gracias”, pero me lo dijo de una forma y con una cara que la verdad daba mucha pena- Alberto se entristeció en ese momento.
-¿Y qué más?- preguntamos.
-Seguimos viéndonos fijamente hasta que… ya saben.
-¿Qué cosa?
-Nos besamos- dijo Alberto con cierta nostalgia, algo extraño en él.
El beso y su forma de contarlo nos dejaron sin palabras. Entonces sólo atiné a preguntar “¿en serio?” y la respuesta de Alberto fue inmediata:
-Claro, pues huevón. ¿Creen que iba a desaprovechar esa oportunidad de chapármela?- y empezó a carcajearse. Y nosotros con él.
-Y me la chapé bien.
-¿Y luego qué pasó?
-Vio su reloj y me dijo que tenía que ir a un sitio. Me dio las gracias otra vez y se fue volando.
-¿Y ahora qué va a pasar entre ustedes?
-No sé ni me importa. Esa mujer está loca… La pendeja me debe como 10 soles pero con esto creo que ya estamos a mano.
Ana faltó a la universidad por unos días y cuando regresó fue como si nada hubiera pasado, todo siguió igual: su forma de ser, de tratarnos, y su comportamiento en clases. Hasta antes de ese incidente no teníamos idea de su vida sentimental. Nunca supimos si es que el chico aquel que terminó con ella era de la facultad o de fuera, pero asumimos lo segundo porque jamás la habíamos visto especialmente cariñosa con nadie de la facultad (el beso con Alberto no cuenta). Pero unas dos semanas después ella empezó a pasear por los pasadizos y jardines felizmente tomada de la mano de un estudiante. Alguien con quien la habíamos visto conversar sólo unas cuantas veces. Nos sorprendió porque Ana no parecía tener amigos de verdad o personas cercanas, sólo conocidos. Entre estos estaba Paolo, quien poco después de conocerla (en esa misma primera clase de Análisis Matemático II) la invitó a salir, y Ana aceptó. Paolo tenía su pinta y era inteligente; estábamos seguros que algo conseguiría con Ana en esa salida, una fiesta. Pero no fue así. Nos contaría Paolo después, sin darnos muchos detalles, que Ana resultó ser una borracha insoportable. Tuvo que haber sido muy mala su experiencia con ella esa noche porque ahí se acabaron sus pretensiones. Pudimos comprobar el gusto de Ana por el alcohol, por la cerveza específicamente, la vez que de “contrabando” metió cuatro latas de Cristal a la sala de estudio sabiendo que la podían expulsar de la facultad por eso. Alerta ella, y nosotros también, a que alguna autoridad pasara por ahí, se tomó cada una de las latas como si fuera agua.
Terminó ese ciclo y nosotros aprobamos todos nuestros cursos. Ana no, o creo que de milagro aprobó alguno. En el siguiente ciclo nos cruzaríamos con ella poco y ya no la veríamos caminar de la mano con nadie. Ese fue su último semestre en la universidad. En esos tiempos uno expresaba su “estado” por el nick o sub-nick del Messenger; pues bien, fue así como nos enteramos, en vacaciones, a poco de empezar el próximo ciclo, que Ana viajaría a Estados Unidos a trabajar. Cuando terminamos la universidad ella seguía viviendo allá. Ninguno de nosotros cuatro tuvo la necesidad de salir del país, ya sea por estudios o trabajo. Nos iba bien acá, en Lima. Paolo, apenas se graduó, viajó a Argentina a seguir estudiando, pero luego de conseguir un buen trabajo decidió establecerse allí.

“Paolo se la levantó” me había dicho Alberto y continuó:
-Lo que pasó es que ellos estuvieron conversando mucho tiempo por Messenger. O sea él desde Argentina y ella desde Estados Unidos. No sé desde cuándo exactamente, el asunto es que de tanto hablarse empezaron a gustarse. Y después a hablar huevadas como “me gustaría estar a tu lado”, “ojalá estuviéramos juntos”, ya sabes, cosas así. (Ah, pero también después vendrían las calateadas por webcam). Ella estaba aburrida de Estados Unidos y ya quería volver a vivir aquí. Bueno, lo hizo, hace un año más o menos. Paolo le decía que no estaba seguro de su futuro, pero que regresaría en noviembre (el noviembre pasado) para pensar sobre eso y de paso pasar las fiestas de fin de año con su familia. Y de paso también, claro, para estar al fin con ella. Y así empezaron a andar juntos…
-¿Se la tiró Paolo?- pregunté.
-Sí pues, obvio, varias veces… Bueno, parecía que Paolo se iba a quedar aquí definitivamente, pero justo antes de navidad le dice a Ana que había recibido una buena propuesta de Argentina así que había decidido regresar allá en las primeras semanas de enero. Ana no se la pensó dos veces: “me voy contigo”, le dijo. Paolo no se esperaba eso pero luego de conversarlo bien con ella, aceptó. Uno de los primeros días de enero, él le dice que tenía que hacer un viaje rápido a provincias a visitar a unos familiares por no sé qué. Ella lo quiso acompañar pero él le dijo que mejor se quedara en Lima haciendo sus preparativos para el viaje (de los pasaje se iba a encargar él). Así que Ana se quedó aquí comprando ropa, maletas, etc. En la noche, hablo del día del viaje relámpago de Paolo (él había partido muy temprano), Ana recibe un correo. ¿De quién? De Paolo. ¿Qué decía el correo? Primero: que él no estaba en ninguna provincia del Perú, sino ya en Argentina. Segundo, que lo disculpara por no poder llevarla y por no decirle la verdad antes. ¿Y cuál era esa verdad? Qué él ya tenía una novia allá, una Argentina.
-No… jodas…- le dije a Alberto,  boquiabierto.
-Para que veas. La pobre se quedó acá, llorando. Fue como lo que le pasó a Oliver con Roberto Sedinho- dijo eso y de inmediato nos partimos de la risa por varios minutos.
Qué agradable es reencontrase con un buen amigo y tener una conversación amena.

***

domingo, 13 de enero de 2013

Jodido bebé

Es sábado, empieza la noche, y estoy convencido de que la pasaré bien en mi cuarto viendo televisión y jugando en mi computadora. Eso creo en ese momento de algún día del año 2004. Lo que no sé es que en unas horas estaré llorando por una mujer, y que ese llanto será la última vez que lo haga, al menos así, con lagrimones y mocos, como llora un jodido bebé.  Y no lo sé, o, mejor dicho, no lo anticipo, porque creo que todo está más o menos resuelto entre esa mujer, Adriana, y yo. Han pasado tres semanas desde que ella rompió conmigo y ya me siento mucho mejor: ya no la extraño tanto, ya no la pienso mucho, y he aceptado finalmente que ahora está con Miguel. Desde el rompimiento, es el primer fin de semana que me siento así, tranquilo; y ese es precisamente, lo descubriré luego, mi gran error. Porque me despreocupo y me relajo. Veo tv, juego: han pasado como dos horas en las que he vuelto a ser el de antes, en las que para nada he pensado en ella, y eso me hace sentir que tengo todo bajo control. Entonces me descuido. Quiero ver una porno; algo que he dejado de hacer por la tristeza reciente. Busco en internet, encuentro, selecciono, me pongo los audífonos, le alzo el volumen a la televisión; todo listo. Click en play y minutos después ¡zas!: literalmente los recuerdos me encuentran con los pantalones abajo.
Recuerdo a Adriana contándome su vida sexual en esas conversaciones de cuando aún éramos sólo amigos. Una vida sexual incompleta porque Adriana es virgen, pero que ella, me contaba, se moría de ganas de completar y llevar más allá con sus fantasías. Tenía en ese entonces con quien hacerlo pero siempre en el momento decisivo, luego de ya haberlo hecho casi todo, los nervios le ganaban a su excitación y la traicionaban. Tal vez necesite ir a un psicólogo me decía, y yo balbuceaba alguna respuesta mientras la imaginaba en esas situaciones y a la vez sentía lastima y me solidarizaba a la distancia con aquel pobre tipo, al que nunca conocí porque no era de la facultad en la que ella y yo estudiábamos. 
Recuerdo el día en que empezó lo nuestro y mi ilusión, durante el primer beso, de que sería conmigo con quien ella realizaría todas sus fantasías. Pero antes de realizarlas había que pasar, obvio, por esa primera vez para Adriana y hasta cierto punto para mí también, porque nunca antes lo había hecho con una virgen. Decidí investigar sobre el tema, desde el punto de vista médico hasta el psicológico, especialmente en este último aspecto para tener una idea de qué decir o hacer ante cohibiciones repentinas . Todo esto mientras los días pasaban ante la mirada incrédula de amigos y compañeros quienes creyeron, todos, que Miguel sería el elegido y no yo. Cumplimos el mes y yo ya sabía mucho sobre el himen pero aún no había puesto ninguno de esos conocimientos en práctica con ella, ni por asomo. No habíamos pasado de los besos, y estos, y las demás caricias, salvo por una par de salidas al cine, sucedieron en la facultad. Y no hablábamos del tema; nunca nuestras conversaciones volvieron a ser las de antes, no sé por qué. La confianza y la complicidad se fueron perdiendo. Poco antes de los dos meses se acabó. A la semana siguiente se paseaba de la mano por la facultad con Miguel, quien, discretamente, nunca se había rendido ni bajado los brazos.
Estudiamos la misma carrera, llevamos los mismos cursos, tenemos amigos en común; amigos que hablan cosas y que yo, haciéndome el distraído, escucho; así sé que esta noche han salido. Tal vez lo estén haciendo ahora. No, me convenzo: lo están haciendo, mientras yo veo una porno. Siento una frustración tremenda, inaguantable, y empiezo a llorar, como dije antes, como un bebé. Ni siquiera lloré cuando ella me terminó.
Pero mi mano sigue con lo suyo: bien sujeta de mi pene erecto lo jala, de arriba hacia abajo y viceversa, cada vez más rápido. Exclamo su nombre y sucede. Algunas gotas de semen caen al suelo donde ya habían caído lágrimas. Culmina así el que tal vez sea el pajazo más triste de la historia.

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